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Los Pergaminos de Melquiades: El Impacto de la Gutiérrez en Carora

Orlando Álvarez Crespo

Cuando se construye una obre de infraestructura física de cierta envergadura en una región cualquiera no solo se modifica el espacio natural, sino también el ambiente social del pueblo o los pueblos cercanos a ella. Una carretera que conectara fácilmente a Carora con la Costa Oriental del Lago fue una sentida aspiración de los sectores económicos de Carora a finales de los años 30 en virtud que el gobierno de López Contreras había comenzado a construir la carretera Lara Zulia. No será sino hasta mediados de los años 50, dentro del contexto de La Fiesta del Concreto de la dictadura perezjimenista, que esa carretera se haga realidad. La construcción del tramo carretero que abracaba a Carora estuvo a cargo de la empresa Gutiérrez & Co; S.A, la cual fue popularmente conocida como La Gutiérrez. La presencia de esta empresa con modernos y curiosos equipo de ingeniería dio oportunidades de trabajo a cientos de venezolanos procedentes de regiones cercanas a nuestra ciudad. Pagaban muy bien, recuerdan hoy los más antiguos.
La llegada de ese inmenso contingente varonil que laboraba para la Gutiérrez tuvo un fuerte impacto en lo social sobre la recatada y mojigata sociedad caroreña. Muchos de los operadores de maquinaria, técnicos especializados y obreros comunes llegaron a unirse con mujeres caroreñas y aquí fundaron familia. Pero estos trabajadores de la construcción eran polifacéticos. Muchos de ellos eran aficionados a deportes y vicios aún desconocidos por los caroreños de entonces como el boxeo, el palito en boca el Ajiley, el remino, entre otros. No pocos eran músicos y buenos. Algunos serán absorbidos por las agrupaciones musicales locales. Tal fue el caso de un chofer de nombre Demetrio, apodado el Medio Metro, en virtud de su estatura; Herminio González (1934 2007), de San Felipe, con mucho parecido físico a Lido, tuvo una pasantía en Central Boys y toco con una orquesta de Graciano Crespo donde tocaba la Tumbadora. El más musical de todos quizás haya sido el caraqueño Simón Rodríguez Laya (1934-2019), mecánico automotriz (venía de Crysler), alegre, apasionado con la salsa y por cierto con mucho parecida con Ismael Rivera. De esa cohorte, recuerdan los más viejos, era un Cheff de la Gutiérrez que paseaba por las calle de Carora en un hermoso e impactante convertible rojo. Algunos amigos nos refieren el impacto que la Gutiérrez tuvo en la economía local. A la ferretería de Don Onésimo Viloria todos los viernes la cancelaban la bicoca de Bs. 180.000,00 (fuertes de verdad verdad) por concepto de cemento.
Pero el mayor impacto de la Gutiérrez en Carora fue quizás en el mercado de la sexualidad. La sola presencia de un ejército de varones sexualmente activos y con salarios nada disminuidos habrá de ejercer una fuete presión sobre la oferta (elástica?) de mujeres de la vida fácil. Prontamente se restablecerá el necesario equilibrio. Es la ocasión en que en Carora aparecen las primeras Chichas prepagos ahora muy en boga. Un galeno amigo recuerda que por esa época estaba activa, siendo aún una tripona, La Payasa de hermosas piernas y atractivas curvas
En un primer momento los gutierreños no tenían ambientes para darse a los placeres del sexo. La ciudad apenas contaba con una media docena de casas de citas clandestinas al estilo de la casita de Germán el Ciego de posterior aparición las cuales tenían el inconveniente para el recién llegado que a la casa de cita se iba con una pareja previamente concertada. Para el personal de la Gutiérrez sencillamente la casa de citas era infuncional Pero las leyes del mercado se encargaran de equilibrar la oferta y la demanda
Al Sur oeste de la ciudad, hacia el antiguo Caramacate, existía una pequeña casa de citas resguardada por una palmera en proceso de extinción llamada yatay. Casi todos los lugares ribereños al Morere tienen nombre relacionados con la flora. El río mismo, Morere en lengua indígena significa el zanjón de las auyamas. Los trabajadores de la Gutiérrez la olfatearon rápidamente y acudían allí cuando lograban un levante. Su dueña, la audaz Bartola Crespo, pronto percibió el negocio que la providencia ponía en sus manos. Hizo algunas divisiones internas y colgó unas cuatro hamacas más Contrató una media docena de sexo-servidoras como las llaman ahora. Pero la demanda de sexo sin compromiso desbordó la capacidad de servicio de aquella humilde casita enclavada entre los sitios de La Verota, El Cujicito y Las Palmitas. Bartola ya qua había logrado cierto capital con el sudor de su frente se dispuso a construir una edificación lo suficientemente espaciosa y confortable para hacer atractivos a los trabajadores de la Gutiérrez y otros clientes de la localidad.
En la nueva sede del Bar Don Jaime que así quedó registrado en las formalidades de Ley en los años 60, su dueña y regente empezó a vender cerveza, ron, brandy, vinos, preservativos, cigarros y otras cositas. Instaló una rock-ola RCA Victor y iluminó el local con mezquinas luces que creaban un ambiente de intimidad y complicidad. Así nació el Yatay, de grata recordación. Los septuagenarios de hoy todos dicen haber ido; PERO solo a beber Después de El Yatay vinieron otros burdeles hoy todos desparecidos en virtud del abaratamiento del sexo heterosexual.
La historia rubiana de El Yatay es otra historia y demando de un pergamino especial.

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